Un sacramento que muchas veces dejamos de último o no le damos importancia, pero que es una maravillosa medicina para nuestra alma. Cuando estamos enfermos, nos sentimos terribles, sin fuerzas, y hasta podemos oler mal. Por ejemplo, cuando las heridas se infectan, el olor puede ser repugnante. A nivel espiritual sucede algo parecido: el pecado corroe nuestra alma poco a poco, a tal punto que podemos estar moribundos por el mundo o como zombis (caminamos y hablamos, pero estamos muertos por dentro).
El domingo pasado escuché la mejor explicación de por qué deberíamos confesarnos a menudo y estar reconciliados con Dios. Fue en la homilía del padre Diego, en la parroquia de Aguas Zarcas. Cuando pecamos, estamos diciendo no al Padre, nos alejamos poco a poco de su casa y de sus gracias, igual que en la parábola del hijo pródigo. Se fue a vivir según el mundo y darle rienda suelta al placer en su máxima expresión.

Las consecuencias de esta decisión no son para nada alentadoras: termina en la calle, con hambre, frío y sin dignidad, ya que termina junto a los cerdos (el cual es un animal impuro para los judíos, lo peor, lo más bajo). Imaginen cómo se sentía ese joven al estar viviendo con cerdos, tener menos comida que ellos, lleno de lodo y maloliente.
Ahí recuerda cómo era estar en la casa del Padre y decide regresar. Desde lo lejos, el Padre lo ve, se alegra y corre al encuentro. Está feliz de tener de vuelta al hijo e inmediatamente da la orden de que lo bañen, lo vistan y le pongan el anillo. El Padre le devuelve la dignidad, no recuerda ni le reprocha el pasado. Esto es lo que ocurre cuando nos confesamos: nuestro Padre nos limpia el pecado, la suciedad, la mugre y nos devuelve la dignidad, y así podemos empezar una vida nueva y disfrutar de todas sus gracias.
Jesús vino a salvarnos de la muerte. Él vino por un solo grupo: los pecadores. No hay dos grupos: buenos y pecadores, ¡todos somos pecadores! y quiere que nos salvemos. La peor enfermedad es el pecado, pero como es invisible y se disfraza, no lo podemos ver, solo con la ayuda del Espíritu Santo. Por eso muchas veces, cuando Jesús hacía milagros, Él recalcaba el pecado, decía: “Vete y no peques más” a la mujer adúltera o “Tus pecados son perdonados”. Lo principal es nuestra alma.
Testimonios de la consecuencia del pecado pueden haber muchos, pero recuerdo uno de manera especial: el de María Himalaya, una joven que era enfermera abortista. María logró tener una vida cómoda, pero empezó a sentirse mal poco a poco, sufría un vacío existencial, vivía sin paz, probó múltiples prácticas de la nueva era: cartas, budismo, yoga, reiki, mindfulness, lectura del aura, entre otros, pero no mejoraba; se hundía cada vez más y empezaron los sentimientos suicidas; así que decidió aplicar una nueva «droga» para enmascarar el dolor, correr carreras de montaña (corren hasta 120 Km, son como 2 días seguidos, es una prueba muy fuerte), para ella eso era mejor que el vacío que llevaba adentro.
Por la gracia de Dios viaja a Nepal, le invitan a una Santa Misa y es ahí donde vive una experiencia mística. Sin entender nada, escucha una voz que le dice de manera dulce y con autoridad: “Bienvenida a casa”, vio como Jesús se acercó, ella solo baja la cabeza y llora inconsolablemente, “me sentí igual que la mujer adúltera”, sus labios solo podía decir: “perdón, perdón”, luego sintió un calor por todo su cuerpo y un amor (que la limpiaba). Él le dio la mano y la puso en pie; ella expresa: «sentí como me devolvía la dignidad” y me dijo “Despierta” igual que a Lázaro, porque estaba muerta. De ahí en adelante le regaló una vida nueva y sus ojos se llenaron de luz.