Educar como Santa Mónica

Siempre he admirado a Santa Mónica, pero hace poco leí un fascículo de Escuela de Padres de la Federación Agustiniana Española que respondió a muchas de mis inquietudes como madre.
Debo confesar que, cuando nuestros hijos llegan a la adolescencia, se vuelven más complejos. En mi caso, con dos varones, a veces su rebeldía y su actitud desafiante me asustan y me hacen preguntarme: ¿qué estoy haciendo mal? ¿Qué puedo hacer?

Santa Mónica nació en el norte de África, en Argelia, dentro de una familia cristiana. Su esposo, Patricio, con quien tuvo tres hijos, era un hombre de carácter difícil; uno de esos hijos fue Agustín, el primogénito, quien más tarde llegaría a ser santo.

Agustín siempre fue inquieto y lleno de vida. Al llegar a la secundaria, sus padres hicieron un gran esfuerzo por enviarlo a estudiar gramática y retórica.

En su libro Confesiones, él mismo admite que no le gustaba estudiar, pero sus padres se mantuvieron firmes porque sabían que era lo mejor para él.

Agustín ingresó luego a la Universidad de Cartago, donde, además de estudiar, se encontró con un sinfín de diversiones y una vida desenfrenada. Mientras tanto, Mónica sufría al verlo alejado de la fe, luchando además con un esposo no creyente y mujeriego.

La mejor catequista: Mónica

Agustín ingresó luego a la Universidad de Cartago, donde, además de estudiar, se encontró con un sinfín de diversiones y una vida desenfrenada. Mientras tanto, Mónica sufría al verlo alejado de la fe, luchando además con un esposo no creyente y mujeriego.

A pesar de tener un marido de carácter tan distinto e incluso “ingrato”, Mónica tuvo paciencia, amor y constancia. Con el tiempo, conquistó su corazón y Dios le concedió la conversión de él y su bautizo.
Pero su misión no terminó ahí: siguió orando incansablemente por su hijo Agustín, hasta que Dios le concedió su mayor anhelo: la conversión de Agustín a los 32 años, cuando ya era profesor en Milán.

Santa Mónica renunció a todo proyecto personal. Sufrió más en el alma que en el cuerpo, pero su arma más poderosa fue siempre el amor, la oración y lo que muchos autores llaman autoridad moral. Ellos la describen así:

Resumen del modelo espiritual de Santa Mónica para tocar y convertir el corazón de su hijo y su esposo, aun cuando ambos vivían en rebeldía y lejos de la fe cristiana

“La autoridad moral es el fruto entre el ser y el hacer; entre las obras y las palabras. No se conquista por decreto, sino a través de la confianza, la seguridad y la credibilidad. A diferencia de la autoridad impositiva, la autoridad moral no entra en forcejeo con la libertad de nadie: es un liderazgo que nace de la admiración, la coherencia y la fidelidad.
Descartando toda forma de dependencia, promueve la autonomía, el crecimiento y la holgura necesaria para que las decisiones lleven un sello personal.”

La palabra autoridad proviene de la raíz latina augere, que significa “ayudar a crecer”. Sin embargo, muchos padres, en el fondo, deseamos tener “hijos bonsái”: dependientes y manejables.
Pero los hijos son como un barco que se construye en el puerto: cuando está listo, hay que soltar las amarras y dejarlo navegar en la inmensidad del mar. El hogar será siempre un puerto, pero no podemos tener ni hijos bonsái —falsificaciones de la naturaleza— ni barcos en tierra: el destino de todo navegante es el agua azul.

El amor sin libertad se pudre; el amor sin fidelidad se evapora

Pidamos la intercesión de Santa Mónica, María y San José para que Dios nos conceda la sabiduría necesaria para ser padres como ellos. Y volver a descubrir el tesoro olvidado que es la oración.

Publicado por Esteban y Heilyn

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